El infierno está en mí
Pasos de un peregrino son errante
Góngora
El infierno no son aquellos otros
que siempre se quedaron lejos
de mi calor:
el infierno soy yo.
Mi nombre es el desierto donde vivo.
Mi destierro, el que me procuré.
No me he reconocido en este mundo
inhóspito,
tan ancho y tan ajeno.
Supe que mi equipaje, demasiado indeciso,
pronto me delataba: este mundo tampoco
se reconoce en mí.
Yo siempre estuve fuera,
en otra parte siempre.
Soy una extraña aquí.
Sólo tengo una fuerza, sólo un secreto acaso:
esta voz que me escribe,
el doble que me habita en el silencio.
Este otro, mi infierno,
el vértigo
que al despertar me empuja
a una huida sin fin.
Estos son sólo pasos
de un peregrino errante.
Los caminos
que no me pertenecen,
las palabras prestadas que los días
dejaron en mi oído.
De: Contradicciones, pájaros
Un poco de poesía....
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz;
Si como muros que se derrumban,
Para saludar la verdad erguida en medio,
Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
La verdad de sí mismo,
Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
Sino amor o deseo,
Yo sería aquel que imaginaba;
Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
La verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta,
La única libertad porque muero.
Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;
Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
Artículo de Rosa Montero sobre la barbarie de Tordesillas. Publicado en EL PAIS el martes 16 de septiembre de 2003.
Otra vez
Me consta que en Tordesillas hay gente estupenda. Es decir, no todos los habitantes de esa hermosa e histórica ciudad son unos tarados y unos sádicos. No todos están a favor de esa aberrante tortura del Toro de la Vega, consistente en que una horda de enfermos acribillan lentamente a un toro hasta matarlo, alanceándole a cachitos, atravesándolo como a una aceituna (hoy vuelve a celebrarse este martirio, quizá esté sucediendo en este momento). Me consta que en Tordesillas hay gente estupenda, y lo que lamento es que algunos se dejen llevar por la retórica patriochiquera de los más bestias. Y así, aunque les desagrada el suplicio del animal, cierran filas con los verdugos por creer que quienes critican el Toro de la Vega están criticando Tordesillas. La verdad, no entiendo muy bien ese sentido del terruño. Más bien deberían arremeter contra los energúmenos que están ensuciando año tras año la reputación y el prestigio de la ciudad y que están convirtiendo Tordesillas en un lugar siniestramente célebre. En 2000, la Junta pepera de Castilla y León cometió la suprema indecencia de declarar tradicional la salvajada del Toro de la Vega; pero este año, el Defensor del Pueblo de Castilla y León (allí se llama Procurador del Común) ha remitido dos resoluciones maravillosas, una a la Junta y otra al alcalde de Tordesillas, en las que habla de la crueldad del espectáculo y de la necesidad de humanizarlo. En 1966, la Comisión de Fiestas del Toro de la Vega, prohibido por entonces, propuso hacer el acto sin causarle ningún daño al animal, sin lanzas ni acuchillamiento. Ahora el Procurador del Común, basándose en esta antigua propuesta de la propia Comisión, insta a los implicados a evitar el atroz suplicio, porque, explica, “la crueldad con los animales es una conducta totalmente rechazada por las sociedades modernas y así se recoge en la legislación demuchos Estados (entre ellos nuestro Código Penal), con el fin de defender, sobre todo, la dignidad del hombre, que actúa de forma indigna y moralmente reprobable cuando maltrata a los animales”. Ahora sólo falta que los ciudadanos civilizados de Tordesillas (a los que considero mayoría) convenzan y venzan a los bárbaros y modifiquen la fiesta para que deje de ser una carnicería.
Artículo de Antxon Olabe publicado en EL PAÍS el sábado 5 de junio de 2004.
Antxon Olabe es asesor ambiental.
sábado, 13 de octubre de 2007
Premios nobeles
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Adriano
www.adriano.es
Artículo de Rosa Montero
15/05/2007
Si ustedes creían que con ver las fotos del ¡Hola! sobre la fiesta de cumpleaños de los señores Flufines de Fosforilla o la boda de los Fanfarria de Funfurrín ya lo sabían todo sobre el pijerío más irredento del país, están equivocados. En primer lugar, les diré que ese pijerío, al igual que la industria naval, se ha reconvertido para adaptarse a los nuevos tiempos. Y así, ahora se arrima al PSOE y al PP indistintamente, dependiendo de por dónde puedan prosperar más sus intereses. Por otra parte, estos pijos supremos, que están en todos los grandes consejos de administración de nuestro país, llevan años desarrollando una afición privada que viene a ser como la clave del club de los poderosos, la contraseña tácita de la pijez triunfante: las cacerías exóticas. Leones y elefantes en África, osos en Alaska o Rumania. Hermosas criaturas costosísimas de abatir, y no porque sea difícil matarlas (se las ponen en bandeja), sino porque esos safaris son muy caros. Años ha, asistir a las cacerías de Franco también era una seña de identidad para los poderosos del momento, pero hoy abatir meras perdices se ha convertido en una horterada demasiado democrática. Ahora para pertenecer al club de los más pijos tienes que demostrar que puedes pagarte estas carnicerías monumentales. Pero cómo, ¿todavía no has matado tu rinoceronte? Entonces aún no pintas nada.
Este sangriento rito de iniciación en la pomada es tan importante que ya han empezando a educar a los alevines. En la revista cinegética Jara y Sedal se anuncia un campamento de caza e idiomas en Suráfrica para chicos y chicas entre los 11 y los 17 años. El bonito paquete didáctico ofrece la estancia de dos semanas en una finca, clases de inglés y abatir un facochero (un jabalí ) o un impala (un antílope) por alumno. Todo por 3.500 euros. Y vienen fotos de los chicos enarbolando rifles, aunque según nuestras leyes los menores no pueden utilizar armas de fuego. "Ay, chica, yo este año tengo al niño estudiando inglés y matando facocheros", dirá la señora Foforrilla de Flavicordio. Es un buen aprendizaje para encallecer a los retoños dirigentes y hacerles sentir su poder de vida y de muerte. Y además los colmillos y los cuernos se pueden montar en plata, una supermonada.

